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Bajo el encanto del Cirque du Soleil, Toronto inició oficialmente el evento deportivo más importante de la temporada a nivel continental. Argentina, de la mano del ciclista Walter Pérez, rompió el hielo en el desfile de delegaciones.

La ceremonia de apertura de los XVII Juegos Panamericanos fue un gran circo y esto no está dicho de manera despectiva. Para nada, todo lo contrario: Es literal. Tal vez fue la ceremonia más original, imponente y con mayor despliegue de la historia de este evento, puesto que la organización del certamen decidió nada más y nada menos que el Rogers Centre, un estadio techado con capacidad para 55 mil personas, fuera la carpa imaginaria que albergara el show del prestigioso Cirque du Soleil. Sí, la ceremonia fue un gran espectáculo circense. Claro, estuvo mechado por las típicas formalidades de un evento de estas características, pero fueron transformados en detalles dentro del clima generado.

En el desfile, la delegación más numerosa fue la local y estuvo seguida por Brasil (sede de los próximos Juegos Olímpicos) y Estados Unidos. La más pequeña fue Bélice, con sólo tres integrantes, incluyendo el abanderado.

Ni bien irrumpieron en el escenario, los artistas impusieron su presencia con su estilo, sumergiendo a los presentes en un mundo mágico y atrapante. Desde el primer momento, el show mostró guiños que remitieron al deporte. El actor principal, con rasgos nativos, hizo malabares con cinco anillos y con la velocidad de sus movimientos permitió imaginar por algunos segundos el logo que identifica al Comité Olímpico Internacional.

Alrededor del escenario, a pocos metros y dentro del campo de juego, habían numerosos asientos ubicados a modo de plateas. Allí fue donde guiaron a los deportistas cuando ingresaron en la primera pausa del espectáculo. Lo hicieron de la mano del tradicional desfile de delegaciones, en la que Argentina se encargó de romper el hielo con Walter Pérez como abanderado por segunda vez en Juegos Panamericanos.

Los numerosos asistentes que ubicaban a los deportistas en sus asientos bailaban mientras marcaban el camino a seguir. Tenían alrededor de cinco coreografías que iban rotando con una importante coordinación. Algunos deportistas, como los de Estados Unidos y Ecuador, se sumaron a la fiesta y bailaron a la par durante algunos minutos.

A partir de allí, Cirque du Soleil volvió a tomar las riendas del evento y se encargó de mostrar lo mejor de su repertorio hasta el final. La magnitud de la obra de estos artistas fue acrecentando con el correr de los minutos, por lo que quedó claro que habían guardado lo exclusivo de su repertorio para los deportistas. El show había sido pensado para ellos, quedaba claro.

El espectáculo nació en el escenario, pero fue expandiéndose por los pasillos de las plateas pobladas por las distintas naciones participantes e incluso por momentos llegó a penetrar la primera bandeja del Rogers Centre. Los deportistas no quedaron excluidos en el accionar del circo y fueron cómplices con luces led que cambiaban de colores.

Mientras las delegaciones eran atrapadas por las redes de estos hechiceros, unos metros más allá, en las gradas, los espectadores eran testigos de lo que sucedía dentro del campo de juego. Lo hacían bajo un clima similar al de un teatro y disfrutaron del juego de luces dinámico y un sonido nítido desde el inicio. Para ellos, el Rogers Centre era eso, un gran teatro en el que presenciaron el espectáculo que Cirque du Soleil brindó a los deportistas.

La última parte del show no hizo más generar nuevas sensaciones. Fue armonioso, emocionante y conmovedor, pero también supo provocar vértigo y adrenalina, sobre todo cuando un grupo de ciclistas sorprendieron con arriesgados trucos a sólo metros de los atletas.

Julio Maglione, presidente de la Organización Deportiva Panamericana tras la muerte de Mario Vázquez Raña, pronunció un discurso en español tan extenso y con tantas pausas a modo de cierre que generó impaciencia en un estadio colmado por personas que hablan francés e inglés en su mayoría. El murmullo dominó la escena en el cierre de sus palabras.

El fuego no faltó en la performance de Cirque du Soleil y de hecho por medio de ese elemento generaron el pie para el encendido del pebetero. El encargado de hacerlo a los pies de la CN Tower (Torre Nacional de Canadá) fue el ex basquetbolista de la NBA, Steve Nash, mientras el estadio seguía de cerca sus movimientos a través de una imponente pantalla dividida en cinco, detrás del escenario.

En estos Juegos Panamericanos no habrá danza de malabaristas, como en un circo de esta talla, pero si existirán deportistas que intentarán desafiar las marcas y superar los límites de lo imposible, de la mano del lema olímpico: “Más rápido, más alto, más fuerte”.
Las delegaciones desfilaron en este orden: Argentina, Antigua y Barbuda, Aruba, Bahamas, Barbados, Belice, Bermudas, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dominica, Ecuador, El Salvador, USA, Granada, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Islas Caimán, Islas Vírgenes Británicas, Islas Vírgenes de los Estados Unidos, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, San Cristobal y Nieves, San Vicente y Las Granadas, Santa Lucía, Surinam, Trinidad y Togabo, Uruguay, Venezuela y Canadá.
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Fotos: toronto2015.org

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